Historias del camión: El Corrientito

Sin duda alguna, esta sección una de las que más me divierten pues es una serie de relatos de las vivencias que me ocurren cada vez que me subo al transporte público. Aquí es descrito lo inusual de cada viaje, incluso cuando éste tan sólo dura un par de minutos. Si bien la narrativa está un poco revuelta es la forma en que yo percibo lo que ocurre y, que quede claro, se trata más de una narrativa y no de una queja o crítica contra quienes son mencionados aquí.

¡Bienvenido!

Cada vez que subo a un camión, espero que ocurra algo gracioso o inusual, con el valor suficiente para poderlo compartir contigo, para que te entretengas. En esta ocasión, sólo para ti, es el relato con el cuál finalmente decidí que esta sección debería existir.

Por costumbre, cuando llego a la central de autobuses de Guadalajara, debo tomar la ruta 59 para ir a casa, esta ruta es muy peculiar porque tiene un trayecto muy largo (que no he recorrido completamente), mi viaje va de la terminal hasta Plaza del Sol; me he topado con gente bebiendo, con cinco maletas, a toda la familia arreglada para poder ir a dar una vuelta a la plaza, en fin, quizás común, quizás no.

En esta ociasión al abordar ya estaba oscureciendo, no había lugares disponibles y, finalmente, éramos tres personas las que estaban de pie, había una pésima iluminación (tristes focos de color azul, no neón sino de esos que parecen de serie navideña, corriente como casi todos los camiones de la ruta). Al volante un hijo de Nacostiltán, parido por el mismísimo Naquizcuatl, mal vestido, con una espantosa forma de manejar y el volumen estridente de sus bocinas de baja calidad tocando banda (no de esa romántica que es tolerable, aquella que no tiene sentido alguno, no sólo en letra sino en música por igual), todo en conjunto demostraba su origen, su naco y espantoso origen.

Él manejaba con el culo (no hay otra forma de describirlo), por ello, sabiendo que no habría lugar para tomar asiento pronto, me acomodé con la firme intención de no romperme el hocico, surfeando el efecto de los baches, topes, acelerones y demás. Una de las cosas más extremas que hizo el tipo, en un arranque de poca sanidad mental, fue tratar de ganar terreno a un enorme tráiler, este de doble remolque, subiendo la banqueta e inclinando el camión en un ángulo que parecía se iba a volcar, una chica que se encontraba sentada frente al lugar donde yo estaba de pie sonrió nerviosamente al muchacho que estaba junto a ella, él a su vez contestó la sonrisa sabiendo que ese viaje no iba bien. Aún con el surfeo, no me desanimé, pues siempre ocurren cosas curiosas durante el transcurso de estos viajes.

¡Al fin! Un par de personas desocuparon sus asientos, para ese momento sólo quedábamos dos de pie, justo a la medida; me senté y acto seguido, de reojo, pude ver como se acercaba el otro pasajero, me recorrí para dejarle espacio y estar junto a la ventana, evitándome la fatiga de dejarle pasar. Como cualquier varón educado y de alcurnia se sentó, extendiéndose con toda la libertad del mundo, expandiendo sus piernas hasta alcanzar, con su rodilla derecha, parte de mi cuerpo, no respetando mi espacio personal, por si fuera poco, decidió acercar su costado derecho a mí, regalándome esa tibieza que el cuerpo humano carga, que a veces es tan repulsiva como levantar caca de perro con la mano, recién hechecita. Incómodo y tratando de controlar lo que muchos consideran mamonería, decidí esperar a ver si el tipejo se movía de lugar, pues durante su expansión corporal, mucha gente bajó del camión, dejándole casi vacío. Atrás, adelante, en un lado, al otro, asientos libres al por mayor, aun así, el tipo, inmerso en su celular, enajenado con Whastapp, no intentó cambiarse de lugar, mientras, yo pensaba (casi a punto de decirlo en voz alta) -No sé si decirle que me dé chance o que me da asco-, ¡el tipo no hacía ni el más mínimo esfuerzo por cerrar las piernas!

Harto al fin, le pedí permiso para salir del encierro al cual me estaba sometiendo, después de todo ¿qué clase de tarado se queda sentado en un lugar que no le es favorable estando totalmente vacío el camión? Se movió y yo me tomé a libertad de escoger un asiento al otro costado (donde son individuales). Al momento de sentarme el asqueroso tipo cruzó la pierna, ocupando la menor cantidad de espacio, sentándose "correctamente", sí, hasta que estuvo solo y no tuvo a nadie por un lado para invadir su espacio personal, desgraciado. Quizás estás pensando mal de mí, pero no me importa que me taches de mamón, exagerado o que quieras dejar de leer, quizás te ha pasado y en realidad no lo crees, si estás de acuerdo conmigo, lo has vivido, utilizas el transporte público como yo y sientes empatía con lo que te acabo de contar, con mayor razón si eres una dama, pues ¿qué cosa más horrible hay que tener a un tipo corriente y mugroso casi arriba de ti en el camión, todo porque no sabe cuánto espacio realmente necesita su cochino cuerpo?

¿Soy un mamón? Sí, lo soy, pero si llegaste hasta este punto no creo que tú seas familiar de Gandhi ni mucho menos un budista que cree firmemente que debemos perdonar a todos y tener la mayor paciencia, sin importar la ofensa. Estás completa o medianamente de acuerdo conmigo y yo, de todo corazón, te lo agradezco, pues has llegado aquí y, una de dos, te has divertido o te has asqueado conmigo al recordar un evento similar.

 

Cuida tu espacio personal y por favor, mantén las piernas cerradas en el transporte público.

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