Sí, tiré mi licuado

Usualmente no platico este tipo de cosas, generalmente me siento estúpido en demasía (cuando suceden), pero hoy decidí decirle a todo el mundo que sí, en efecto, soy un imbécil por haber desperdiciado parte de mi desayuno, pero ¡Ey! ¿A quién no le ha sucedido? ¿A ti? Y no, no me refiero específicamente a "quién no ha tirado el vaso de licuado que se acaba de preparar", por el contrario me refiero a todo lo demás, el emparedado que recién preparaste, la torta que te tiró un niño mientras corría por un lado tuyo, el café mañanero que por estar papando moscas terminó en tu camisa, a eso me refiero. ¿A quién no le ha pasado?, a todos nos ha pasado, a unos más a otros menos.

Sí, me esmeré, como siempre hago, en preparar mi desayuno. Sistemático, cuadrado, paso a paso, como siempre acostumbro; primero lavar todos los utensilios que serán parte de este idilio, entre el desayuno y yo; una vez lavado todo a pelar la fruta, lento pero con delicadeza, con amor, evitando desperdiciar hasta el más mínimo trozo de ésta, colocarlo en el vaso de la licuadora, agregar el líquido y finalmente, presionar el botón. Tan simple y tan sencillo que resulta innecesario describirlo y a la vez se necesitaría una fotografía del momento.


Suelo preparar mucho jugo o licuado, no importa que sea sólo para mí. Hago una cantidad exagerada en ocasiones pero es para poder tener suficiente alimento y energía por más tiempo (al menos eso es lo que pienso, no lo creo del todo pero lo pienso), esta vez no fue la excepción, tomé la mitad del líquido, degustándolo y pensando que no debería ya tener esas costumbres excesivas de alimentación. Finalmente cuando hube terminado poco más de la mitad de mi brebaje, opté por vaciarlo en un vaso desechable y ponerle una tapa, ¡desayuno para llevar!

Tome el resto de mis cosas, entre ellas un pequeño toper (cómo ahora se acostumbra llamarlos), coloqué el delicado y frágil vaso sobre éste, tome las llaves y después el cable para cargar el mentado teléfono celular, fue entonces que incliné ligeramente el recipiente, cómo por arte de magia (en realidad sólo fue la gravedad, y no, la de la tierra no, esa no necesita explicación, me refiero a la gravedad de mi estupidez) el vaso se deslizó, cayendo sin detenerse pero en cámara lenta, girando, a la par parecía decir "no, caeré pero no derramaré ni una gota" y, siendo ésta la última escena, sucedió lo que se más temía, efecto de un plástico frágil, lleno de líquido espeso y pesado, todo se desparramó de la manera más espantosa y escandalosa que puedas imaginar. ¿Qué sentirías tú? ¿Qué pensarías? ¿Qué harías después de ver que tu desayuno está en el piso? Yo, hice nada, en verdad nada. ¿Enojarme? No ni siquiera enojarme conmigo mismo.

Al borde de comenzar a decirme una veintena de groserías, consideré algo que llevo tiempo practicando, reflexionar y considerar los hechos de una manera objetiva para trasladarlo a un plano completamente positivo.

"Es mi mándala", sí tal cual, "es mi mándala" me dije. Si no sabes a qué me refiero, quizás puedas buscarlo en Internet y leer mucho sobre ellas, el resumen o la parte más importante para mí (aunque hay varias formas de hacer una mándala y éstas son parte de diversas culturas, parecidas y distintas a la vez), en lo que yo pensé es en aquellas que hacen los monjes tibetanos, las de arena. Los monjes dedican horas completas, quizás hasta días pues son muy complejas, para hacer estas bellísimas mándalas, obras de arte sin igual, coloridas e impactantes; a veces, grano por grano son armadas y otras con un poco más de rapidez pero siempre con un esmero y esfuerzo impresionantes, una vez que están completas, se santifican y son destruidas.

¿Por qué alguien querría destruir algo tan bello que le llevó tanto tiempo hacer? La respuesta es sencilla, si es que estás realmente dispuesto a aceptar las cosas cómo ellos las ven. Es una forma de practicar el desapego y evitar la codicia de sus propios actos; tirar mi licuado fue un mándala, donde puse mucho esfuerzo y que se destruyó por accidente, a fin de cuentas dejé de imaginar qué haría en el camino al trabajo, cómo me bebería ese líquido, en dónde tiraría el vaso y una decena de idioteces más, dejé de imaginar el futuro próximo para concentrarme en el momento y disfrutar el resto de mis actos, del día, de mi entorno. Por primera vez dejé de sentirme estúpido por una imprudencia minúscula, por un accidente.

Camino al trabajo, recordé como una mujer se quejaba de haber tirado la charola de su comida, justificándose en que el accidente no había sido su culpa sino de otra persona, pues ella tuvo cuidado de colocar su charola "sobre una bolsa de mano" pero en una posición de cero riesgo, claro que esto fue bajo su propia consideración. Creo que, de haberme ocurrido el accidente de hoy antes de escuchar esa conversación, hubiera compartido mi experiencia con esa persona, diciendo simplemente "Es tu mándala", a fin de cuentas comprar la comida ya preparada es una representación de tu esfuerzo que se ha convertido en dinero y éste a su vez en tu alimento, preparado por otros, pero alimento al fin.

¿Tienes tú un mándala el día de hoy? ¿Te hace falta dejar de sentir apego, ira, o simplemente cesar los insultos en contra tuya? Pues tengo una sugerencia para ti, la próxima vez que te ocurra algo así, sencillo, minúsculo, dónde te sientas extremadamente tonto e impotente, piensa en que el instante de ese accidente, el que te hace sentir mal, es sólo un momento especialmente hecho para convertirse en un mándala.

Y sí te lo preguntas, no, no limpié el licuado porque tenía que llegar temprano a la oficina.

el_licuado
Desparramado por todos lados

Que tu día sea grandioso, lleno de vida.

Sonríe porque tu propia sonrisa nadie te la cobra.

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